El Desaliento
Cierto día, el mal decidió retirarse de los negocios y poner a la venta todas sus herramientas.
La subasta era impresionante. Allí estaban perfectamente exhibidas todas sus armas: el odio, la malicia, la envidia, los celos, el engaño y muchas otras.
Separado del lote principal había un objeto que, a primera vista, parecía inofensivo. Se notaba muy desgastado por el uso y, sin embargo, tenía un precio mucho más elevado que todos los demás.
Alguien preguntó:
—¿Cómo se llama este instrumento?
—Desaliento —respondió el mal.
—¿Y por qué cuesta tanto?
—Porque es más útil que cualquiera de los otros. El desaliento puede entrar en la conciencia del ser humano cuando todas mis demás herramientas han fallado. Una vez dentro, con esa sola arma puedo llegar a hacer prácticamente lo que quiera con una persona.
El instrumento estaba enormemente desgastado porque, según explicaba el mal, lo utilizaba frecuentemente y con casi todo el mundo. Además, como muy pocas personas reconocían que el desaliento le pertenecía, podía continuar utilizándolo una y otra vez. EL DESALIENTO EL DESALIENTO
Cuenta la historia que su precio era tan elevado que nadie consiguió comprarlo y, por ello, el desaliento continuó siendo propiedad del mal.
Es una historia sencilla, pero habla de algo que conocemos profundamente: ese momento en el que perdemos las fuerzas y dejamos de ser capaces de mirar más allá del suelo que pisamos.
El desaliento puede aparecer en muchas etapas de nuestra vida y bajo circunstancias muy distintas.
Puede surgir en un trabajo que nos agota, nos estresa y consume gran parte de nuestro tiempo.
Puede instalarse en la rutina del hogar, en la relación de pareja, en las obligaciones familiares o en una soledad que parece repetirnos constantemente: “siempre es lo mismo”.
Poco a poco, esa sensación puede apagar el interés, la ilusión y la capacidad de descubrir algo nuevo en cada día. EL DESALIENTO
También podemos sentir desaliento al observar el mundo y pensar que nuestras acciones no sirven para nada.
Nos encontramos con egoísmo, injusticia, violencia o personas capaces de destruir aquello que otros construyeron con esfuerzo. A veces parece incluso que quienes hacen daño avanzan con mayor facilidad que quienes intentan actuar justamente.
Entonces aparece la impotencia.
Pasan los días y las cosas no cambian como quisiéramos. Aquello que deseamos parece alejarse, y comenzamos a preguntarnos para qué seguir intentando.
El peligro del desaliento es precisamente que no siempre lo vemos llegar.
Es invisible.
Se introduce lentamente dentro de nosotros y, cuando no reconocemos su presencia, puede debilitar nuestra voluntad hasta hacernos perder el sentido de aquello por lo que estábamos luchando. EL DESALIENTO
Podemos imaginarlo como un guerrero.
Mientras mantiene su espada y su escudo en alto, todavía puede enfrentarse al odio, al egoísmo, a la envidia, a la ira y a tantas otras dificultades.
Pero cuando el desaliento entra en él, comienza a preguntarse por qué sigue luchando.
Pierde el horizonte.
Baja sus armas.
Y en ese momento queda vulnerable frente a aquello que antes podía combatir.
Por eso el desaliento resulta tan poderoso: no necesita derrotarnos directamente; le basta con convencernos de dejar de luchar. EL DESALIENTO
Mantener encendida la luz
No debemos permitir que la tristeza y el desaliento conviertan nuestra rutina en una carga permanente.
Existen momentos difíciles. Hay razones para agachar la cabeza y circunstancias capaces de producir dolor, cansancio o frustración.
Pero también existen motivos para continuar.
Puede ser simplemente un día más.
Una respiración más.
Una caricia.
Un abrazo.
Una oportunidad.
Una persona que todavía está a nuestro lado.
Una posibilidad que aún no hemos descubierto. EL DESALIENTO
¿Por qué podemos ver dentro de una habitación?
Porque existe luz.
Mientras haya luz, la oscuridad no puede adueñarse completamente del lugar.
Lo mismo puede suceder en nuestra vida.
Mientras exista esperanza, mientras conservemos un propósito y tengamos claro aquello por lo que deseamos continuar, el desaliento no puede ocuparlo todo.
En nuestra sociedad existen muchas personas que siguen haciendo el bien incluso en circunstancias difíciles. Son pequeñas luces dentro de un mundo que a veces parece oscuro.
Y mientras esas luces permanezcan encendidas, la oscuridad no habrá ganado.
Una luz puede distinguirse desde muy lejos durante la noche.
Por eso también podemos ayudar a encender la luz de otras personas.
No necesariamente intentando convencerlas con palabras, sino mediante nuestra forma de pensar, nuestra manera de actuar y el ejemplo que dejamos en nuestra vida cotidiana.
Quizá alguien que se encuentra desalentado pueda descubrir, al observarnos, que todavía existe la posibilidad de volver a brillar. EL DESALIENTO
Lo que hacemos importa
Todo aquello que realizamos día tras día, aunque pueda parecernos pequeño, termina formando nuestra vida.
Nuestras acciones definen quiénes somos y también pueden influir en quienes nos rodean.
Podemos ayudar a construir un mundo con mayor compasión, humanidad y alegría.
El desaliento intentará convencernos de lo contrario.
Nos dirá que nada cambiará.
Que la sociedad seguirá igual.
Que las personas no pueden transformarse.
Que hacer algo diferente no tiene sentido.
Que lo mejor es conformarse.
Pero aceptar esa idea sería entregar nuestra capacidad de cambiar antes siquiera de intentarlo. EL DESALIENTO
La posibilidad de transformación existe.
Tal vez no sea inmediata.
Tal vez los grandes cambios no sean visibles de un día para otro.
Pero pueden comenzar lentamente, persona por persona, generación tras generación.
Por ello también debemos mirar hacia quienes vienen después de nosotros.
Lo que enseñemos, lo que permitamos florecer y la manera en que eduquemos a las nuevas generaciones puede ayudarles a vivir con una perspectiva diferente.
Ellos serán, en parte, aquello que nosotros les permitamos descubrir y hacer brillar. EL DESALIENTO
Nuestras propias armas
Así como la historia habla de herramientas utilizadas para dañar al ser humano, nosotros también contamos con nuestras propias herramientas para defender aquello que consideramos valioso.
Tenemos:
La empatía.
El sacrificio.
El honor.
La sinceridad.
La ayuda.
La generosidad.
La bondad.
La paciencia.
El perdón.
La risa.
El compromiso.
La amistad.
La ilusión.
La justicia.
La fortaleza.
La esperanza.
La caridad.
La disciplina.
Son herramientas sencillas, pero profundamente valiosas. EL DESALIENTO
Por eso no dediques cada día únicamente a contemplar todas las desgracias que existen.
Si solamente alimentamos esa visión, abrimos cada vez más la puerta al desánimo.
También debemos aprender a mirar aquello que sigue siendo bello.
Lo que todavía podemos amar.
Lo que podemos construir.
Lo que podemos ofrecer.
Lo que cada uno de nosotros puede hacer, por pequeño que parezca, para mejorar la vida.
Ayuda a la vida a ser más grande.
Está en tus manos.
Porque también nosotros poseemos un poder capaz de enfrentarse al desaliento: la capacidad de elegir cómo pensamos, cómo actuamos y qué clase de luz decidimos aportar al mundo.