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Reflexión

El Ego Resuelto

Durante mucho tiempo se nos ha enseñado a mirar al ego como un enemigo que debemos combatir, dominar o destruir. Este ensayo propone una perspectiva distinta: comprenderlo como la personalidad, la mente y el cuerpo que aprendieron a desenvolverse en el mundo, protegernos y sobrevivir. Desde esta visión, el camino no consiste en luchar contra el ego, sino en comprenderlo, educarlo y trascender la identificación con él. Cuando dejamos de juzgarlo y comenzamos a reconocer su propósito, podemos relacionarnos con nuestra propia mente con mayor compasión y abrir espacio a una comprensión más profunda de quiénes somos.

Sujñani Sokei • 27 enero 1990
El Ego Resuelto

El Ego Resuelto

A lo largo de la historia, distintas corrientes filosóficas, religiosas y espirituales han presentado al ego como algo negativo: una parte de nosotros que debe ser combatida, destruida o trascendida.

Sin embargo, antes de declarar al ego nuestro enemigo, quizá deberíamos detenernos y preguntarnos:

¿Qué es realmente el ego?

El ensayo El Ego Resuelto parte precisamente de esta pregunta y propone revisar muchas de las ideas que hemos aceptado sin cuestionarlas.

Según el autor, una creencia puede instalarse en nuestra mente simplemente porque la hemos escuchado una y otra vez, porque la heredamos de nuestra familia, nuestra educación, nuestra cultura, nuestra religión o nuestro entorno. Con el tiempo, podemos dejar de verla como una creencia y comenzar a experimentarla como si fuera una realidad incuestionable.

Por eso, comprender el ego requiere primero aprender a observar nuestras propias creencias.

El ego no es el enemigo

La palabra ego proviene del latín y significa simplemente “yo”.

En términos de personalidad, el ego puede entenderse como todo aquello que hemos aprendido y creemos acerca de nosotros mismos: nuestro nombre, nuestra historia, nuestra identidad, nuestras experiencias, preferencias, temores, conocimientos y formas de relacionarnos con el mundo.

El ensayo rechaza la idea de que el ego sea, por naturaleza, una entidad maligna o un enemigo interior.

Desde su perspectiva, el ego es la mente y la personalidad que acompañan al cuerpo durante nuestra experiencia humana. Es aquello que aprende a reconocer el entorno, proteger el cuerpo, relacionarse con otras personas y desenvolverse en la realidad cotidiana.

La dificultad comienza cuando confundimos esa personalidad temporal con la totalidad de lo que somos.

Una criatura que aprendió a sobrevivir

El ensayo invita a imaginar al ego no como un adversario, sino como una criatura que llegó al mundo prácticamente sin conocimiento y comenzó a aprender desde el primer instante.

Aprendió de sus padres.

De sus maestros.

De su cultura.

De sus experiencias.

De aquello que recibió como premio y de aquello que recibió como castigo.

Aprendió qué debía temer, qué debía proteger, qué debía conseguir y qué debía evitar.

Con el tiempo, todas esas experiencias fueron formando una personalidad.

Desde esta visión, el ego no nació lleno de defectos. Fue educado, condicionado y formado por el mundo que encontró al llegar.

Los programas de supervivencia

El texto describe tres grandes impulsos alrededor de los cuales se organiza la personalidad.

El primero es la supervivencia.

El cuerpo busca conservar la vida, evitar el peligro, protegerse, alimentarse, descansar y defender aquello que considera necesario para su seguridad.

Pero esa protección no se limita al cuerpo.

También podemos defender nuestras pertenencias, nuestro territorio, nuestro nombre, nuestras opiniones, nuestras creencias, nuestra posición social y la imagen que tenemos de nosotros mismos.

El segundo impulso es el control del entorno.

Intentamos cambiar situaciones, convencer a otras personas, establecer reglas y conseguir que el mundo se comporte de una manera que nos haga sentir seguros.

El tercero se relaciona con la preservación de la especie y la necesidad de pertenecer: buscar compañía, crear vínculos, formar familia y permanecer dentro de un grupo.

Estas tendencias, plantea el ensayo, no son evidencia de maldad.

Son mecanismos de supervivencia.

El temor detrás de muchas conductas

Una parte importante del comportamiento humano surge del temor.

El texto distingue entre un temor natural, que aparece ante un peligro inmediato y nos ayuda a protegernos, y un temor artificial, generado por pensamientos acerca de aquello que podría ocurrir en el futuro.

Cuando el miedo domina la mente, la personalidad puede volverse más defensiva.

Podemos competir.

Ocultar.

Mentir.

Controlar.

Compararnos.

Atacar antes de sentirnos atacados.

Aferrarnos a nuestras ideas.

Buscar desesperadamente aprobación.

No necesariamente porque exista una intención consciente de hacer daño, sino porque la mente aprendió que esas conductas podían ofrecerle alguna forma de protección.

Esta es una de las ideas centrales del ensayo:

comprender una conducta no significa justificarla; significa descubrir de dónde surge para poder transformarla.

Las máscaras del valor personal

A medida que crecemos, buscamos pruebas externas de nuestro propio valor.

Algunas personas pueden depositarlo en la apariencia.

Otras en el dinero, las posesiones o el poder.

Otras en el conocimiento, los títulos, la profesión o la capacidad intelectual.

Pero todos esos valores son cambiantes.

La belleza cambia.

El dinero puede desaparecer.

El prestigio puede terminar.

La memoria y las capacidades intelectuales también pueden modificarse con el tiempo.

Cuando construimos nuestra identidad exclusivamente alrededor de aquello que poseemos, sabemos o aparentamos, vivimos intentando proteger algo que necesariamente es temporal.

Los personajes que aprendemos a interpretar

El ensayo describe diferentes programas compensatorios que pueden aparecer en la personalidad.

Está quien necesita tener siempre la razón.

Quien busca constantemente llamar la atención.

Quien necesita reconocimiento.

Quien envidia los logros de otros.

Quien manipula para obtener ventaja.

Quien no escucha.

Quien juzga permanentemente.

Quien no soporta perder.

Estas conductas serían distintas estrategias creadas por una personalidad que intenta sentirse segura, importante o aceptada.

Mirarlas desde esta perspectiva permite hacer algo diferente:

observarlas sin convertirlas en nuestra identidad.

Entonces, ¿qué hacemos con el ego?

Aquí aparece el corazón de El Ego Resuelto.

El texto propone que el ego no debe destruirse.

Tampoco debe odiarse.

Ni negarse.

Ni convertirse en un enemigo al que tengamos que derrotar.

Debe comprenderse.

Y, sobre todo, debe educarse.

Según el ensayo, el ego es nuestro instrumento para desenvolvernos en este mundo. Conoce nuestro nombre, nuestra historia, nuestras relaciones, nuestras responsabilidades y la manera en que funciona la realidad cotidiana.

Por eso, destruirlo equivaldría a destruir la herramienta con la que navegamos por la experiencia humana.

La propuesta es diferente:

El ego sólo puede trascenderse educándolo, nunca destruyéndolo.

Comprender cómo funciona y cuál es su propósito permite empezar a liberarnos de la identificación absoluta con sus temores, creencias y reacciones.

No eres todo lo que pasa por tu mente

El ensayo plantea una práctica de desidentificación.

Tus pensamientos aparecen y desaparecen.

Tus emociones cambian.

Tus conocimientos pueden modificarse.

Tus recuerdos pueden desvanecerse.

Tu cuerpo también cambia.

Por ello, desde la perspectiva espiritual del texto, ninguna de esas cosas constituye por sí sola la totalidad de tu identidad.

La invitación consiste en comenzar a observarlas.

En lugar de decir:

“Yo soy mi miedo”

podemos reconocer:

“Estoy experimentando miedo.”

En lugar de:

“Yo soy este pensamiento.”

podemos comprender:

“Un pensamiento está apareciendo en mi mente.”

Ese pequeño cambio abre una distancia interior entre la conciencia que observa y aquello que está siendo observado.